TEODORICO Y LAYLA
En una aldea de piedra clara y tierras labradas a sangre y sudor vivía Teodorico, hijo de Roderick, un hombre recordado por haber ayudado a levantar con sus propias manos la iglesia de San Juan de Baños, cerca de Palencia. Con orgullo, Roderick aseguraba que era descendiente de Leovigildo, el gran “unificador” visigodo de la Hispania y quien había promovido la igualdad legal entre visigodos e hispano romanos. Fue Leovigildo el que impuso a Toledo como capital del Reino e implantó el “Codex Revisus” como ley fundamental. Roderick además siempre hablaba (“hasta el hartazgo” para Teodorico) de Hermenegildo otro héroe visigodo y había enviudado de su mujer Galsvinta, criando así, él sólo a Teodorico.

Las paredes de la Iglesia de San Juan de Baños, firmes y silenciosas, eran el orgullo del pueblo visigodo, pero estas paredes no bastaron para proteger a Roderick del paso del tiempo y del nuevo dominio que se avecinaba sobre Hispania.
Tras la llegada del conquistador musulmán en el año 711 DC (y que duraría hasta 1492), Roderick -como hombre con cierta riqueza- fue obligado a pagar la “jizya“, el impuesto que debían pagar cristianos y judíos, como pueblos vencidos, al conquistador musulmán en la Península.

Al principio Roderick lo hizo con dignidad, vendiendo tierras, luego herramientas, pero luego sólo quedaron recuerdos y el deseo vivo de que Teodorico no sea un esclavo más del enemigo árabe. Con los años, su espalda se iba encorvando no solo por la merma de sus recursos, sino por la carga invisible de la humillación y el oscuro futuro que le legaba a su hijo. Y cuando menos lo esperaba, murió. Murió pobre, en una casa casi vacía, con la mirada puesta en una iglesia que había dejado de cumplir su función de iglesia y que había sido abandonada.
Teodorico lo enterró al amanecer, sin lágrimas visibles, pero con una promesa muda ardiendo en el pecho que no tuvo tiempo de cumplir.

Pocos días después, con sus ropas de colores oscuros, su túnica de lana y sus zaragüelles (ropa que eran obligados a vestir los judíos y los cristianos) fue tomado como esclavo por soldados musulmanes. Su nombre dejó de ser suyo y pasó a ser apenas un susurro entre órdenes y golpes. Lo llevaron lejos, a una ciudad donde las lenguas se mezclaban y el sol caía más duro sobre los tejados. Así fue llevado a Al Andalus a construir, como esclavo, los palacios de los Walis (gobernadores musulmanes) y de los Emires.
Fue allí donde vio por primera vez a Layla.
Teodorico había conseguido robar una túnica colorida hecha con las mejores sedas (que era la indumentaria de los musulmanes y que los distinguía de cristianos y judíos quienes tenían prohibido usar ropas de calidad o coloridas) y dado el color no tan claro de su tez, podía pasar como un berebere más.

Layla no era como los demás. Había en su mirada algo que no encajaba con la dureza del lugar: curiosidad, quizás, o compasión. Al principio solo intercambiaban miradas y silencios. Luego, palabras breves. Luego, y siempre a escondidas, Teodorico, se inventó un nombre: Khalid, y le dijo que era hijo de una mujer que formaba parte del harem de un Wali. Dentro del sistema de castas, nunca podría casarse con Layla ya que ella era árabe y el no era cien por ciento musulmán, al ser hijo de una infiel. Aprendió a mentir, pero no totalmente…..
Teodorico le hablaba de inviernos fríos y de veranos dorados, del campo y de una vida lejana. Layla le hablaba de jardines ocultos, de poesía y de noches donde el mundo parecía detenerse.
El amor creció como crecen todas las cosas prohibidas: en secreto, con miedo, pero con una intensidad imposible de apagar.
Pero los muros escuchan. Y en tiempos de sospecha, el amor puede ser más peligroso que una espada. Cuando fueron descubiertos, la reacción fue inmediata. Layla fue encerrada; Teodorico, viendo su ausencia, comenzó a huir. Lo acusaron no solo de desobediencia, sino de cruzar una frontera que no debía cruzarse.
Layla tuvo que caer en el olvido. Esa noche, con ayuda incierta y esperanza desesperada, Teodorico escapó. Corrió hacia el norte, guiado por historias de tierras donde aún podía ser libre y donde se hablaba de “reconquista“. Cruzó campos, ríos, caminos polvorientos. Cada paso era un acto de fe, cada respiro una victoria robada. Pero no fue suficiente.

Lo alcanzaron al tercer día, cuando el cansancio ya le había robado la fuerza. No hubo juicio, ni palabras largas. Solo una decisión rápida, como si su vida fuera una sombra fácil de borrar.
Antes de ser decapitado, Teodorico miró al horizonte. No vio el norte. No vio la iglesia de su padre. Pero en su mente apareció el rostro de Layla, claro como el primer día. Y sonrió. Su cuerpo nunca llegaría a destino, pero algo dentro de él sí lo había hecho: había elegido amar, incluso cuando el mundo decía que no debía. Y esa, pensó en su último aliento, era una forma de libertad que nadie podía arrebatarle.




