UNA NOCHE MAS……

UNA NOCHE MAS…… ©

 Arnaldo MARTINEZ es abogado (UBA, 1997) y Procurador (CSJN año 1995) y MBA (Máster en Administración y Dirección de Empresas, Univ. Isabel I de Burgos, España).

El pueblo de Vilacha era pequeño, de esos donde todos se conocen y los secretos duran poco, a menos que el apellido sea el “correcto” y todo “deba olvidarse”…..

Julián era el hijo del intendente de Vilacha, un joven de veintitantos que nunca había tenido en sus manos una herramienta y había cumplido un horario. Jamás había recibido una orden de nadie, ni siquiera de su padre.

Julián era el sucesor del mandamás de Vilacha.

El padre de Julián, el intendente, manejaba Vilacha a su antojo, sabía que tenía el poder absoluto desde hacía varios años, sin que nadie se animara a enfrentarlo. Apoyado por el partido político más grande del país, creaba nuevos puestos dentro del Municipio en la medida que sus necesidades así lo decretaban.

Jóvenes señoritas necesitadas de dinero o que querían dejar sus casas, previo casting de sábanas, accedían a puestos que jamás hubieran soñado o hijos de algún amigo y que con veinte años ya se veían a cargo de quince o veinte trabajadores del municipio con un sueldo equivalente a quince o veinte de esos empleados, algún ahijado que había perdido su fuente de ingresos…. Así había armado su red local el intendente que, en términos políticos, había sido el más “exitoso” en la historia de Vilacha.

El padre de Julián sabía que no lo querían en el pueblo, pero también sabía que le tenían miedo y que nadie se animaría a enfrentarlo por las consecuencias que eso podía generar. Eso lo hacía sentir aún más poderoso. No necesitaba el cariño de esos ignorantes y si lo necesitaba, lo podía comprar como y cuando quisiera.

La vida de Julián pasaba entre fiestas en días de semana, alcohol importado y pastillas que llegaban a la ciudad sin pasar por ningún control ni aduanero ni policial. Julián era un hijo del poder y era conocido por su prepotencia y por vivir de los fondos municipales que su padre desviaba. Era el único en el pueblo con un auto “deportivo alemán”, como le decían a su convertible de cinco mil centímetros cúbicos.

Esa misma noche, otra sombra se movía por el pueblo. Era “el mudo“, un forastero, de mirada vacía, varias cicatrices en su rostro y un olor rancio como sótano de bodega que nadie visita en años. El mudo no hablaba con nadie y no era sólo un ladrón que robaba lo ajeno, escondía una mente perversa y sádica.

Lucía, de quince años, caminaba apurada hacia su casa después de una clase de apoyo de matemáticas. No vio al mudo salir de entre los árboles en el descampado que separaba el barrio nuevo del viejo. Fue rápido. Lucía no pudo hacer nada, los brazos del Mudo la atraparon y la arrastraron hacia dentro del descampado.

Lucía perdió su inocencia, su alegría y todo lo bueno que una niña de quince años puede tener en esos minutos fatales. Los gritos no se escuchaban, las súplicas no trascendían, sólo llanto y dolor, mucho dolor. Fue atroz.

El Mudo arrebató la vida de Lucía con una frialdad indescriptible, sólo imaginable por una mente sádica como la del mismo mudo, dejando lo que quedaba de su cuerpo oculto tras unos arbustos y sin remordimiento alguno.

A pocos metros, buscando un lugar para vomitar tras otra noche de excesos, Julián tambaleaba. Había dejado el convertible alemán estacionado al lado de una ruta sin banquina en el descampado que separaba el barrio nuevo del viejo. El Mudo, al escucharlo, se escondió en las sombras, sonriendo al ver la oportunidad. Julián, incapaz de mantenerse en pie, se desplomó al lado del descampado, a pocos metros de donde yacía Lucía. En un último acto de inconsciencia, se quedó profundamente dormido, con restos de cocaína en su ropa y un penetrante aliento a alcohol.

La búsqueda de Lucía había comenzado por la tarde. Ella nunca regresaba tarde a su casa. Las clases de apoyo terminaban a las 18.30 hs. Y ya eran las 21 hs. Si bien Lucía tenía quince años, los que la conocían a sus espaldas decían que era “aniñada”. Pero esa inocencia hacía que su madre se sintiera un poco más segura ya que Lucía no hablaba con extraños, era tímida y aún no había tenido novio a pesar de su belleza.

La medianoche trajo el hallazgo.

Un vecino pasó por la ruta de camino a su trabajo de sereno en la fábrica del pueblo. Vio a Julián inconsciente y a un cuerpo que yacía entre los arbustos. Gritó y dio aviso a cuanta persona se le ocurriera. En cuestión de minutos, el pueblo, ya conmovido y movilizado por la desaparición de Lucía, se había agolpado en el descampado.

La escena era innegable a los ojos de la turba: el hijo del político, yacía drogado y borracho, durmiendo al lado de la joven asesinada.

—“¡Fue este degenerado!” —gritó alguien.

—“¡Lo hizo el hijo del intendente!” —clamó otro.

El padre de Julián llegó a los pocos minutos, intentando manejar la situación como siempre, pero el grito de “justicia” fue más fuerte. El “mudo”, mimetizado entre la multitud, observaba impasible, y exigía justicia junto con la turba, saboreando la satisfacción de ver que el pueblo había encontrado a su chivo expiatorio.

La policía local no pudo contener a la gente, años de sometimiento eclosionaron atropellando como un torbellino todo intento de sofocación de la revuelta. La rabia acumulada de los habitantes de Vilacha hacía oídos sordos a otra nueva amenaza del Intendente, quien fue apaleado. No hubo juicio, no hubo investigación.

La turba, luego, se abalanzó sobre Julián, a quien creyó culpable de semejante atrocidad.

Julián, quien comenzaba a recuperar el conocimiento, aún aturdido y sin entender qué pasaba, pagó con su vida y en cuestión de segundos, todos sus días de impunidad, mientras el verdadero monstruo se ocultaba entre los vecinos indignados que clamaban justicia.

Vilacha cerró esa noche con sangre, creyendo haber hecho justicia.

Por un tiempo, no habría que pagar más “peajes” para trabajar; pero algunos “puestos” de varios años en el municipio comenzaban a peligrar ante el fallecimiento de quien fuera el hombre fuerte de Vilacha, mientras tanto, el verdadero culpable se alejaba del pueblo en silencio, buscando a su próxima víctima.

FIN.

Arnaldo MARTINEZ. © TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS