EXAMEN FINAL INTEGRADOR

EXAMEN FINAL INTEGRADOR

Juan

El sol de la tarde pegaba contra la ventana del pequeño departamento de Juan, en La Paternal. Faltaban diez minutos para rendir el examen virtual del examen final integrador. Tenía los apuntes de las materias de la carrera de Administración memorizados, pero su estómago estaba cerrado por los nervios.

Había comenzado la carrera de administración como “Plan B” por si no podía ascender en el Poder Judicial, al no tener un “padrino” para llegar más lejos de lo que había llegado hasta ahora.

No sabía a qué se enfrentaba. En los grupos de WhatsApp de la facultad se decía que: “Si no hacés el curso privado de Dolores y las profes, estas out, no vas a aprobar”. Juan no había pagado ese arancel extra en dólares ni había hecho el curso aparte. No le parecía correcto y no creía que fuera cierto.

—“Buenas tardes, alumno” —dijo la Licenciada Dolores desde la pantalla, con una sonrisa gélida y un peinado inmaculado—. “Resuelva este caso, tiene veinte minutos y luego lo desarrolla”.

Juan con las manos temblando trató de resolver el problema que se le había planteado. Al término de los veinte minutos, brindó una explicación sobre cómo y por qué resolvió el caso de la forma en que lo hizo, citó a los autores que se le habían indicado, tratando de mantener la calma y hablar con tono sereno pensó que había terminado y aprobado. Sin embargo, Dolores intercambió una mirada cómplice con su socia, conectada en el mismo Zoom.

—“Disculpe alumno, Usted se preparó con alguien para el examen?”- preguntó Dolores.

-“No”- respondió él. “Estudié sólo. Estudié la bibliografía y los apuntes de las clases”.

-“Miré”- lo interrumpió Dolores –“Le falta profundidad, López”- sentenció Dolores con desdén. -“Su interpretación es muy floja. Está desaprobado. Nos vemos en la próxima mesa. ¡Tómese tiempo para volver a repasar todo, no vuelva por lo menos hasta dentro de seis meses, a ver si incorpora de una vez los conocimientos y no nos hace perder más el tiempo a todos!”-.

La pantalla se puso negra. Juan sintió una mezcla de humillación y rabia. Lloró. Esto no estaba bien.

Dolores

La puerta de la camioneta china se cerraba con una amortiguación digna de la película “2001 Odisea del Espacio”, parecía que desafiaba la gravedad por la amortiguación y el silencio. La camioneta fue la última adquisición de su marido, Dámaso Rodriguez Charretier, “un aburrido y ñoño”, como solía pensar Dolores de él.

Se había casado joven, le dijeron que aproveche la oportunidad, era un buen partido, las familias estaban de acuerdo, pero obviamente, ella no.

Dolores siempre buscaba nuevas tareas para generar ingresos, no soportaba depender de Dámaso. Eso lo había sacado de su padre. Por las buenas o por las malas, había que conseguirse ingresos. Su padre siempre había estado en la política y había generado la fortuna familiar del erario público y gracias a sus conexiones.

El rebusque con las otras profesoras de los cursos adicionales “necesarios para aprobar” la había parecido una buena idea. Le daba una sensación de poder sobre sus alumnos que hace mucho no sentía y le dejaba al mes más que lo que le pagaba en blanco la Facultad, y eso que el Rector era su amante, pero era otro “botarate” para Dolores.

Dolores, además, odiaba por demás a los porteños.

Se había enamorado de joven cuando su familia la mandó a estudiar a Buenos Aires, alquilándole un piso en el acomodado Barrio de Palermo y allí conoció a quien luego sería presidente del Centro de Estudiantes, y a posteriori, su novio oficial. El le correspondió, ella era “la novia oficial”, (o al menos ella así lo creía) por varios años, y en estas cosas, quien se enamora es el último en enterarse de todo.

Ella era una más, pero lo que más dolor le causó era la imagen que se habían hecho de ella todos sus compañeros a sus espaldas, esos porteños “grasas y patasucias” como los llamaba (también a sus espaldas). El dolor y la rabia eran tan intensas que se juró odiar y vengarse de los porteños hasta el último de sus días.

Ernesto

A pocos kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, en un inquilinato de Avellaneda, Ernesto cargaba un revólver calibre 38. Su mente no estaba en los libros, ni en cursos espurios, sino en el cementerio donde descansaba su abuela, víctima de un asalto violento tres meses atrás.

Esa misma mañana, y por ese hecho, el Ministro de Seguridad de la Provincia había declarado en televisión que los delitos eran “solo una sensación mediática“. Nadie había hecho nada para cuidar a su abuela. Habían entrado a su casa, la habían torturado pidiendo “la guita grande”. Su abuela sólo vivía de su jubilación, la mínima, ni siquiera tenía una pensión ya que su marido nunca había trabajado en blanco y sólo hacía changas en el mercado central.

El dolor de Ernesto se transformó en una obsesión ciega. Su abuela lo había cuidado desde chiquito ante la ausencia de su madre y la temprana “desaparición de su padre”.

-“Sensación, sensación”-. Esa palabra sonaba y resonaba una y otra vez en su cabeza.

Tomo una decisión: El ministro debía morir igual que su abuela para que viera lo que produce esa “sensación”.

Ernesto tenía un plan rústico. Sabía dónde almorzaba el funcionario. Había conseguido una pistola limada que le habían vendido en la Villa 1-11-14 los conocidos de un compañero de trabajo. Y lo fue siguiendo día tras día.

El atentado ocurrió a las tres de la tarde. Ernesto interceptó el auto oficial en una esquina céntrica, disparó, desde dos metros, tres veces contra la ventanilla trasera del auto, pero de la pistola limada no salió ningún tiro. Ante la desesperación de no poder llevar a cabo lo que había venido a hacer, se dio a la fuga. En el caos, herido por la adrenalina, detuvo la moto a un costado de la autopista y marcó el número que tenía anotado para avisarle a su novia, que se encontraba en Córdoba, lo que había hecho.

Dolores

En el living de su casa campestre, el teléfono de Dolores sonó. Ella atendió sin mirar la pantalla.

—“Ya lo hice, pero no salió nada”—gritó la voz desencajada de Ernesto al otro lado—. “¡no salió nada!”.

Dolores, acostumbrada a recibir llamadas de alumnos desesperados que intentaban convencerla de que habían hecho el curso privado que permitía luego aprobar el oficial, soltó una carcajada sarcástica. Pensó que era un estudiante intentando una metáfora ridícula sobre el examen Integrador.

—“Sí, sí, por supuesto, muy bien”. “Intentalo de nuevo, mi amor, ya te va a salir”—respondió ella con sorna, “otro porteñito desesperado” pensó—. “Felicitaciones por haberlo intentado!!”.

Cortó la llamada de inmediato. No podía perder tiempo con porteñitos que no aportaban nada.

Media hora después, la televisión nacional transmitía en vivo: el Ministro de Seguridad había sobrevivido de milagro a un atentado, y la policía buscaba intensamente a los responsables.

Juan

Dos semanas pasaron. Juan logró consiguió el puesto de ayudante de fiscal en una Fiscalía de Instrucción en Buenos Aires. Su primer caso importante parecía una causa común de cruce de antenas telefónicas vinculada a la investigación del atentado al Ministro, expediente que seguía abierto buscando a los entregadores o financistas.

Revisando las sábanas de llamadas telefónicas de la tarde del crimen, Juan detectó un número sospechoso al que se comunicó el tirador —ya detenido— apenas minutos después de los disparos al haber quedado registrado en las cámaras de las calles de la ciudad. El reporte de la compañía celular impactó directo en sus ojos: el sospechoso titular de esa línea era un nombre que le sonaba familiar.

Al cruzar los audios de las escuchas tardías autorizadas por el Juez, Juan escuchó la voz de Ernesto confesando el hecho y, acto seguido, la voz inconfundible de una mujer que ya odiaba, diciendo: “ Sí, sí, por supuesto, muy bien”. “Intentalo de nuevo, mi amor, ya te va a salir”. “Felicitaciones por haberlo intentado!!”.

Para la lógica judicial, aquello no era una ironía de examen; era la confirmación de la autoría ideológica o la complicidad necesaria en un intento de magnicidio.

Juan tuvo sentimiento cruzados, odiaba a esa mujer que lo había “bochado” sin lógica alguna por no haber pagado su curso particular, pero no le parecía capaz de estar involucrada en semejante suceso. Sin embargo, pensando fríamente, no solo tenía ahora la oportunidad de esclarecer un caso que conmovió al país, sino de meter presa a la mujer que utilizaba su cátedra para extorsionar alumnos, y finalmente ratificar su ascenso –por mérito propio- en el Poder Judicial sin “padrino” conocido.

Firmó el pedido de detención y acompañó a la policía Federal al operativo.

Encontraron a Dolores, a punto de entrar a la pileta climatizada de su casa de fin de semana en Córdoba. Ella palideció al ver al muchacho cuyo rostro le sonaba familiar. A su lado, un oficial con esposas se le acercaba pidiéndole que no se moviera. Miró al joven que se presentó como “ayudante del fiscal”, tratando de reconocer de donde conocía ese rostro.

Juan la miró fijamente mientras el oficial le leía sus derechos y le informaba por qué razón era detenida de manera preventiva por intento de homicidio agravado en calidad de partícipe.

Súbitamente, se hizo la luz. –“Ya lo recuerdo, ¿Usted es ese chico Lopez, el porteñito, no?”- preguntó con la voz quebrada.

—“Sí, Licenciada”—respondió Juan, acomodándose la corbata—. “Soy Oficial ayudante en una Fiscalía de Buenos Aires. Pero… disculpe yo no doy cursos privados que ayuden a salvar a nadie…”.

UNA NOCHE MAS……

UNA NOCHE MAS…… ©

 Arnaldo MARTINEZ es abogado (UBA, 1997) y Procurador (CSJN año 1995) y MBA (Máster en Administración y Dirección de Empresas, Univ. Isabel I de Burgos, España).

El pueblo de Vilacha era pequeño, de esos donde todos se conocen y los secretos duran poco, a menos que el apellido sea el “correcto” y todo “deba olvidarse”…..

Julián era el hijo del intendente de Vilacha, un joven de veintitantos que nunca había tenido en sus manos una herramienta y había cumplido un horario. Jamás había recibido una orden de nadie, ni siquiera de su padre.

Julián era el sucesor del mandamás de Vilacha.

El padre de Julián, el intendente, manejaba Vilacha a su antojo, sabía que tenía el poder absoluto desde hacía varios años, sin que nadie se animara a enfrentarlo. Apoyado por el partido político más grande del país, creaba nuevos puestos dentro del Municipio en la medida que sus necesidades así lo decretaban.

Jóvenes señoritas necesitadas de dinero o que querían dejar sus casas, previo casting de sábanas, accedían a puestos que jamás hubieran soñado o hijos de algún amigo y que con veinte años ya se veían a cargo de quince o veinte trabajadores del municipio con un sueldo equivalente a quince o veinte de esos empleados, algún ahijado que había perdido su fuente de ingresos…. Así había armado su red local el intendente que, en términos políticos, había sido el más “exitoso” en la historia de Vilacha.

El padre de Julián sabía que no lo querían en el pueblo, pero también sabía que le tenían miedo y que nadie se animaría a enfrentarlo por las consecuencias que eso podía generar. Eso lo hacía sentir aún más poderoso. No necesitaba el cariño de esos ignorantes y si lo necesitaba, lo podía comprar como y cuando quisiera.

La vida de Julián pasaba entre fiestas en días de semana, alcohol importado y pastillas que llegaban a la ciudad sin pasar por ningún control ni aduanero ni policial. Julián era un hijo del poder y era conocido por su prepotencia y por vivir de los fondos municipales que su padre desviaba. Era el único en el pueblo con un auto “deportivo alemán”, como le decían a su convertible de cinco mil centímetros cúbicos.

Esa misma noche, otra sombra se movía por el pueblo. Era “el mudo“, un forastero, de mirada vacía, varias cicatrices en su rostro y un olor rancio como sótano de bodega que nadie visita en años. El mudo no hablaba con nadie y no era sólo un ladrón que robaba lo ajeno, escondía una mente perversa y sádica.

Lucía, de quince años, caminaba apurada hacia su casa después de una clase de apoyo de matemáticas. No vio al mudo salir de entre los árboles en el descampado que separaba el barrio nuevo del viejo. Fue rápido. Lucía no pudo hacer nada, los brazos del Mudo la atraparon y la arrastraron hacia dentro del descampado.

Lucía perdió su inocencia, su alegría y todo lo bueno que una niña de quince años puede tener en esos minutos fatales. Los gritos no se escuchaban, las súplicas no trascendían, sólo llanto y dolor, mucho dolor. Fue atroz.

El Mudo arrebató la vida de Lucía con una frialdad indescriptible, sólo imaginable por una mente sádica como la del mismo mudo, dejando lo que quedaba de su cuerpo oculto tras unos arbustos y sin remordimiento alguno.

A pocos metros, buscando un lugar para vomitar tras otra noche de excesos, Julián tambaleaba. Había dejado el convertible alemán estacionado al lado de una ruta sin banquina en el descampado que separaba el barrio nuevo del viejo. El Mudo, al escucharlo, se escondió en las sombras, sonriendo al ver la oportunidad. Julián, incapaz de mantenerse en pie, se desplomó al lado del descampado, a pocos metros de donde yacía Lucía. En un último acto de inconsciencia, se quedó profundamente dormido, con restos de cocaína en su ropa y un penetrante aliento a alcohol.

La búsqueda de Lucía había comenzado por la tarde. Ella nunca regresaba tarde a su casa. Las clases de apoyo terminaban a las 18.30 hs. Y ya eran las 21 hs. Si bien Lucía tenía quince años, los que la conocían a sus espaldas decían que era “aniñada”. Pero esa inocencia hacía que su madre se sintiera un poco más segura ya que Lucía no hablaba con extraños, era tímida y aún no había tenido novio a pesar de su belleza.

La medianoche trajo el hallazgo.

Un vecino pasó por la ruta de camino a su trabajo de sereno en la fábrica del pueblo. Vio a Julián inconsciente y a un cuerpo que yacía entre los arbustos. Gritó y dio aviso a cuanta persona se le ocurriera. En cuestión de minutos, el pueblo, ya conmovido y movilizado por la desaparición de Lucía, se había agolpado en el descampado.

La escena era innegable a los ojos de la turba: el hijo del político, yacía drogado y borracho, durmiendo al lado de la joven asesinada.

—“¡Fue este degenerado!” —gritó alguien.

—“¡Lo hizo el hijo del intendente!” —clamó otro.

El padre de Julián llegó a los pocos minutos, intentando manejar la situación como siempre, pero el grito de “justicia” fue más fuerte. El “mudo”, mimetizado entre la multitud, observaba impasible, y exigía justicia junto con la turba, saboreando la satisfacción de ver que el pueblo había encontrado a su chivo expiatorio.

La policía local no pudo contener a la gente, años de sometimiento eclosionaron atropellando como un torbellino todo intento de sofocación de la revuelta. La rabia acumulada de los habitantes de Vilacha hacía oídos sordos a otra nueva amenaza del Intendente, quien fue apaleado. No hubo juicio, no hubo investigación.

La turba, luego, se abalanzó sobre Julián, a quien creyó culpable de semejante atrocidad.

Julián, quien comenzaba a recuperar el conocimiento, aún aturdido y sin entender qué pasaba, pagó con su vida y en cuestión de segundos, todos sus días de impunidad, mientras el verdadero monstruo se ocultaba entre los vecinos indignados que clamaban justicia.

Vilacha cerró esa noche con sangre, creyendo haber hecho justicia.

Por un tiempo, no habría que pagar más “peajes” para trabajar; pero algunos “puestos” de varios años en el municipio comenzaban a peligrar ante el fallecimiento de quien fuera el hombre fuerte de Vilacha, mientras tanto, el verdadero culpable se alejaba del pueblo en silencio, buscando a su próxima víctima.

FIN.

Arnaldo MARTINEZ. © TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

TEODORICO Y LAYLA

TEODORICO Y LAYLA

En una aldea de piedra clara y tierras labradas a sangre y sudor vivía Teodorico, hijo de Roderick, un hombre recordado por haber ayudado a levantar con sus propias manos la iglesia de San Juan de Baños, cerca de Palencia. Con orgullo, Roderick aseguraba que era descendiente de Leovigildo, el gran “unificador” visigodo de la Hispania y quien había promovido la igualdad legal entre visigodos e hispano romanos. Fue Leovigildo el que impuso a Toledo como capital del Reino e implantó el “Codex Revisus” como ley fundamental. Roderick además siempre hablaba (“hasta el hartazgo” para Teodorico) de Hermenegildo otro héroe visigodo y había enviudado de su mujer Galsvinta, criando así, él sólo a Teodorico.

Las paredes de la Iglesia de San Juan de Baños, firmes y silenciosas, eran el orgullo del pueblo visigodo, pero estas paredes no bastaron para proteger a Roderick del paso del tiempo y del nuevo dominio que se avecinaba sobre Hispania.

Tras la llegada del conquistador musulmán en el año 711 DC (y que duraría hasta 1492), Roderick -como hombre con cierta riqueza- fue obligado a pagar la “jizya“, el impuesto que debían pagar cristianos y judíos, como pueblos vencidos, al conquistador musulmán en la Península.

Al principio Roderick lo hizo con dignidad, vendiendo tierras, luego herramientas, pero luego sólo quedaron recuerdos y el deseo vivo de que Teodorico no sea un esclavo más del enemigo árabe. Con los años, su espalda se iba encorvando no solo por la merma de sus recursos, sino por la carga invisible de la humillación y el oscuro futuro que le legaba a su hijo. Y cuando menos lo esperaba, murió. Murió pobre, en una casa casi vacía, con la mirada puesta en una iglesia que había dejado de cumplir su función de iglesia y que había sido abandonada.

Teodorico lo enterró al amanecer, sin lágrimas visibles, pero con una promesa muda ardiendo en el pecho que no tuvo tiempo de cumplir.

Pocos días después, con sus ropas de colores oscuros, su túnica de lana y sus zaragüelles (ropa que eran obligados a vestir los judíos y los cristianos) fue tomado como esclavo por soldados musulmanes. Su nombre dejó de ser suyo y pasó a ser apenas un susurro entre órdenes y golpes. Lo llevaron lejos, a una ciudad donde las lenguas se mezclaban y el sol caía más duro sobre los tejados. Así fue llevado a Al Andalus a construir, como esclavo, los palacios de los Walis (gobernadores musulmanes) y de los Emires.

Fue allí donde vio por primera vez a Layla.

Teodorico había conseguido robar una túnica colorida hecha con las mejores sedas (que era la indumentaria de los musulmanes y que los distinguía de cristianos y judíos quienes tenían prohibido usar ropas de calidad o coloridas) y dado el color no tan claro de su tez, podía pasar como un berebere más.

Layla no era como los demás. Había en su mirada algo que no encajaba con la dureza del lugar: curiosidad, quizás, o compasión. Al principio solo intercambiaban miradas y silencios. Luego, palabras breves. Luego, y siempre a escondidas, Teodorico, se inventó un nombre: Khalid, y le dijo que era hijo de una mujer que formaba parte del harem de un Wali. Dentro del sistema de castas, nunca podría casarse con Layla ya que ella era árabe y el no era cien por ciento musulmán, al ser hijo de una infiel.  Aprendió a mentir, pero no totalmente…..

Teodorico le hablaba de inviernos fríos y de veranos dorados, del campo y de una vida lejana. Layla le hablaba de jardines ocultos, de poesía y de noches donde el mundo parecía detenerse.

El amor creció como crecen todas las cosas prohibidas: en secreto, con miedo, pero con una intensidad imposible de apagar.

Pero los muros escuchan. Y en tiempos de sospecha, el amor puede ser más peligroso que una espada. Cuando fueron descubiertos, la reacción fue inmediata. Layla fue encerrada; Teodorico, viendo su ausencia, comenzó a huir. Lo acusaron no solo de desobediencia, sino de cruzar una frontera que no debía cruzarse.

Layla tuvo que caer en el olvido. Esa noche, con ayuda incierta y esperanza desesperada, Teodorico escapó. Corrió hacia el norte, guiado por historias de tierras donde aún podía ser libre y donde se hablaba de “reconquista“. Cruzó campos, ríos, caminos polvorientos. Cada paso era un acto de fe, cada respiro una victoria robada. Pero no fue suficiente.

Lo alcanzaron al tercer día, cuando el cansancio ya le había robado la fuerza. No hubo juicio, ni palabras largas. Solo una decisión rápida, como si su vida fuera una sombra fácil de borrar.

Antes de ser decapitado, Teodorico miró al horizonte. No vio el norte. No vio la iglesia de su padre. Pero en su mente apareció el rostro de Layla, claro como el primer día. Y sonrió. Su cuerpo nunca llegaría a destino, pero algo dentro de él sí lo había hecho: había elegido amar, incluso cuando el mundo decía que no debía. Y esa, pensó en su último aliento, era una forma de libertad que nadie podía arrebatarle.